Por estos dÃas no llevan uniformes, ni escuchan el aviso del timbre para cambiar de turno. Casi todo cambió para ellos cuando asumieron, durante el perÃodo de zafra, hacer del cañaveral un sitio con pizarrón y pupitres.
"Aquà no hay ausencias, mucho menos llegadas tardes. Estar directamente en lo que estudian los vuelve más disciplinados", reconoce Pedro Alejandro Tejeda Espinosa, Licenciado en Mecanización AgrÃcola y profesor al frente del pelotón de corte mecanizado.Â
De tercer y cuarto años de la especialidad de Explotación, Mantenimiento y Reparación de Maquinaria AgrÃcola, del centro mixto José Francisco Costa Velázquez, situado en el poblado de Mabay, Bayamo, son los cerca de 17 estudiantes que con un equipamiento de dos combinadas, tres tractores con diez carretas y un comedor-enfermerÃa, comienzan su "docencia" al despuntar el dÃa.
"Nosotros llevamos el mismo rigor que el resto de los obreros y eso es lo mejor, los momentos de aparente descanso son para ponernos al tanto de las noticias o cómo anda la entrega al central", aclara Yudiel MartÃnez Ochoa.
A veces, ni siquiera preguntan qué deben hacer. "Aquà el trabajo sobra y donde quiera somos útiles", coincide la mayorÃa. Claro, siempre despuntan las preferencias por conducir el tractor o la combinada como en el caso de la jovencita Yanisleinis Zamora Sánchez.
"He aprendido a defectar, reparar, computar, controlar, conducir, pero prefiero esto último y más en la combinada. Es cierto que esa maquinaria impresiona, pero se llega a controlar fácilmente", comenta esta menuda muchachita.
Para las otras dos hembras del pelotón (uno de los tres que existen actualmente en el paÃs) el manejo de los medios de corte y transporte es también un atractivo. Ellas han situado su presencia en todos los puestos, incluyendo la parte de mecánica, de la cual dan evidencia sus manos engrasadas.
En medio de aquella singular aula no crecen las diferencias, allà se piensa y actúa como grupo. De esa tradición afloran varios que, como Yunier Yero,- actual operario de una combinada-, eligen quedarse y compartir habilidades con otros principiantes.
El sui generis silbido del cañaveral hechizó a estos estudiantes que miran su futuro encima de un tractor o una cortadora de caña. Pero antes de ese mañana aprovechan el hoy, animan a los pequeños del batey a cosechar lo dulce de la tierra y se adueñan de un lugar entre los emprendedores de esta sociedad.
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