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Diario Digital de Granma, Cuba.         "Año 54 de la Revolución"

La Bayamesa: El llanto vivo de una guitarra

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Cuentan que el amor había unido dos beldades en la década de los 50 del siglo XIX. Ella, Luz Vázquez y Moreno, era considerada por sus rasgos fisonómicos una trigueña agraciada. Así la hacían ver su estatura, la delgadez de su talle y los ojos negros, profundos y vivaces.Sin dudas, su presencia era un ornato en bailes y tertulias de la época; encantos ante los cuales no resistió el apuesto y talentoso Francisco del Castillo y Moreno.
Él, apasionado y galán, sin defensas ante el flechazo de Cupido, se entregó por entero a una pasión que condujo al matrimonio y a la explosión de enternecedoras melodías.

Mas no todo es bonanza en la vida. También nos toca a la par de la alegría dosis de sufrimiento. El bien llevado matrimonio afrontó incomprensiones que coadyuvaron a lo que muchos hoy definen como "crisis de pareja".
En medio de una de esas situaciones desesperadas -no sabemos si muchas o pocas-, la ternura flotó como el ave y arrancó del corazón del gallardo caballero un grito de amor.
Francisco, empecinado en reconquistar el amor de Luz Vázquez, se propuso ofrecer una serenata a su amada, pero, ¿Qué componer? ¿Qué palabras aplacarían los nervios de la temperamental joven y con qué frases traerla nuevamente a su regazo?... fueron preocupaciones que rondaron la mente del joven que presuroso buscó auxilio en sus amigos.
En un mesón que existía en el hoy restaurante Senado, ubicado en una de las calles de la actual Plaza de la Revolución en Bayamo, Carlos Manuel de Céspedes y Francisco del Castillo compusieron la música; la letra emanó de José Fornaris. El producto final devino refrigerio ante el dolor de los esposos en la voz del tenor Carlos Pérez.
Allí, ante la reja de la ventana cerrada en la casa de Luz, sita en calle Carlos Manuel de Céspedes, otrora San Salvador, número 160, entre Perucho Figueredo y Lora, reparto El Cristo, resonaron a base de guitarra las primeras notas de la indescriptible y romántica canción La Bayamesa, cuya ternura abriera no solo los ventanales de la morada sino también las del alma juvenil de Luz Vázquez que complaciente, regaló la mejor de sus sonrisas a Francisco.
LA BAYAMESA

¿No recuerdas gentil bayamesa

que tú fuiste mi sol refulgente,

y risueño en tu lánguida frente

blando beso imprimí con ardor?

¿No recuerdas que un tiempo dichoso

me extasié con tu pura belleza,

y en tu seno doblé la cabeza,

moribundo de dicha y amor?

Ven, asoma a tu reja sonriendo;

ven, y escucha, amorosa, mi canto;

ven, no duermas, acude a mi llanto,

pon alivio a mi negro dolor.

Recordando las glorias pasadas,

disipemos, mi bien, la tristeza,

y doblemos los dos la cabeza

moribundos de dicha y amor!

Era la sublime noche del 27 de marzo de 1851, una época feliz en la que un buen verso conquistaba el aplauso y una canción llenaba de amor al corazón de las mujeres.
El poeta había triunfado, superando el anhelo del compositor había engarzado con maestría insuperable y refinado gusto de orfebre, el amor tiernísimo de la amada con el de la patria, sumida en el negro caos de la opresión y la servidumbre del coloniaje español.

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