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Diario Digital de Granma, Cuba.         "Año 54 de la Revolución"

La mujer haitiana lleva la crisis a cuestas

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Puerto Príncipe.- El dolor, la tragedia haitiana por el terremoto del 12 de enero pasado, ha tenido, dentro de sus mil marañas expresivas, una muy sobresaliente: el estoicismo de sus mujeres.
Sobre los hombros de ellas ha caído el peso principal de la pérdida, en primer lugar, de sus seres más queridos, sean padres, hermanos, hijos...
Personas que habían criado, alimentado, educado, vestido, curado o socorrido en múltiples oportunidades de la vida y que ya no estarán a su lado.
Vidas que se les fueron entre los amasijos de piedra y cabillas de las edificaciones derruidas, muchas sin poder siquiera sacarlas y darles merecida sepultura.
Inconmensurable la pérdida cuando se trata del único vástago concebido, que a duras penas lograron que sobrepasara hambre, enfermedades, peligros sociales y naturales... hasta el momento del sismo.
Se les fueron entre las manos, valores materiales que habían ido obteniendo, edificando, moldeando poco a poco junto a familiares, compañeros de la vida, amistades...
Recuerdan a la madre, la abuela, quizás hasta la bisabuela, que siempre les mostraron fortaleza ante las vicisitudes, de cuando no se sabía qué se tendría de alimento en el día, o de cómo curar la enfermedad del hermano, del tío, del abuelo, o a dónde ir por la pérdida del techo, o de constante emigrar en busca de trabajo.
Y helas ahora, con un presente desarticulado, sin señales propias o ajenas de cómo vivir en este día, en el de mañana, pero sin perder el ánimo, enfrentándose a todo el acontecer haitiano.
Por eso en cada amanecer dan gracias al cielo, a los seres que antes y siempre les enseñaron que había que respetar y adorar. Y son las primeras en las tareas cotidianas, aún en peores condiciones, al aire libre, sin los utensilios de la cocina que ya no tienen, ni el agua común, ni los alimentos para la familia que les queda.
Y saldrán a las calles a buscar el sustento del día, a pasar horas de horas agachadas, con sus típicas vestimentas, de color oscuro y amplias faldas, ofertando los artículos adquiridos después de un préstamo financiero que a duras penas consiguieron, y que, al bajo ritmo de venta de los productos, les será muy difícil saldar en corto tiempo.
Continúan, en voz baja, para sus adentros a veces, repitiendo oraciones y el canto de plegarias, mientras miran sin saber qué les espera, pero fuertes, ecuánimes ante tanta desgracia.

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